La Thermomix, esa matanza sangrienta con la que la gente flipa

Si hay algo de lo que me he dado cuenta en los últimos tiempos es de que me encanta que me cocinen. Es decir, que me metan dentro de una cazuela llena de agua hirviendo y me den vueltas, vueltas, vueltas sin parar.

Y hasta aquí el chascarrillo obvio.

Me gusta más ir a mesa puesta que poner la mesa, para qué nos vamos a engañar. Pero sobre todo me gusta cuando mi madre cocina (como a la mayoría) porque sus platos tienen ese condimento con sabor a amor que es único en el mundo.

Yo tengo también mi gusto personal para la cocina. A veces acierto y lo gozo, y otras me lo como porque la comida no se tira y además comer fallos tiene un interesante toque a lo Ferrán Adriá.

A donde quiero llegar con todo esto, y a riesgo de que se me tiren al cuello, es a ese inventazo llamado Thermomix, predecible y programable.

Consciente de sus ventajas espacio-temporales me opongo a él.

¡¿PERO POR QUÉ?!

– se oyó al fondo de la sala-

Porque constituye la matanza sangrienta del arte de cocinar y de darle a los platos ese gustirrinín personal que los hace únicos. Y no solo eso, si no también del ritual de la cocina, con todos los beneficios que se esconden bajo ese “me gusta cocinar” que a algunos sirve para relajar, zen_trarse, contentar a sus comensales, idear chistes o recitar proclamas doctrinarias que le den a sus recetas ese sabor añejo tan cotizado en el mercado de la naranja mecánica.

Sin más condimento ni fundamento, aquí el maestro:

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La Thermomix, esa matanza sangrienta con la que la gente flipa