EL RINOCERONTE QUE LLEVAMOS DENTRO

De dura piel, bien pringada en barro, camina por donde quiere y arrampla con lo que se le cruza en el camino haciendo tambalear la tierra, mientras su afilado cuerno amenaza el estado social actual.

Es un rinoceronte total, cuyo poder hipnotiza y atrae a los más bobos: o estás con él, o en su contra.

Y es muy fuerte. Tanto que si no le ves venir te puede aplastar. Por eso, una vez más, o estás con él, o en su contra. Pero, ¿y si le ignoras? Vivirás más feliz, pero… ¿es el remedio? ¿Y se puede curar una enfermedad antes de que aparezca? ¿O para curarla hay que hacer que aparezca?

Somos libres de pensamiento, y eso nos hace grandes, pero ten cuidado en no liberar estos por tu boca y que sean contrarios a los del resto de rinocerontes, que te la juegas. Al fin y al cabo, como se dice en un momento de la obra Rinoceronte de Eugène Ionesco, “es una heroicidad decir en voz alta una locura”.

Con la premisa del totalitarismo se presenta esta obra en el Teatro María Guerrero de Madrid.

Dirigida por Ernesto Caballero, nos sumergimos en un universo representado a pequeña escala en una acomodada y provinciana zona donde, de pronto un día, los vecinos son sorprendidos por una atractiva fuerza sobrenatural de la que serán presos. Ante esta, todavía queda algún que otro que, primero se hace el despistado y después se intentará proteger de la epidemia. Hablamos de Berenger, el protagonista de esta obra, interpretado por el magnífico Pepe Viyuela, y que representa la reflexión ante el advenimiento de los acontecimientos. En este caso, el dejarse llevar sin pararse a pensar ni oponer resistencia.

De otro lado está su mejor amigo, Juan, interpretado por Fernando Cayo (que dicho sea de paso, hace un papel “para quitarse el sombrero”), cuya transformación en rinoceronte nos hace testigos de una brutal metamorfosis que resulta agresiva y molesta, por lo que tratar de pararla mediante la razón no provoca más que impotencia.

Hay quien, en los tiempos que corren, comparan este Rinoceronte con el mediático partido político “Podemos”. Y es que el tema que se trata parece que nunca deja estar de actualidad. Parece que pararse a pensar y evaluar que propuestas nuevas se nos trae, a algunos les da miedo. A otros, sin embargo, les da más miedo seguir con las viejas ideas. Lo peligroso, en cualquier caso, es cerrar los ojos ante lo que sucede a nuestro alrededor y dejarse llevar.

Rinoceronte / CDN - María Guerrero
Rinoceronte / CDN – María Guerrero

Confieso que me da mucho miedo la figura del rinoceronte, o lo que vienen siendo los totalitarismos. En esta obra se hacen claras alusiones a los sistemas políticos y sociales, empleando la metáfora y el simbolismo como recursos más evidentes. Es en ellos donde uno puede perderse y dejarse llevar por donde a su imaginación más le interese.

En este caso, mi obsesión se acerca a una más cotidiana. A la del día a día. A la de las relaciones personales. Las conversaciones, las opiniones, los modus operandi, las ideas y la manera de imponer estas.

Acudo atónita últimamente a comportamientos radicales en los que demostrar tu propia voz a quien jamás ha consentido que se la levanten es sinónimo de castigo. En los que, caminar en contra de los patrones de comportamiento que dictan los creadores de tendencias, es sinónimo de ser visto como un bicho raro, pequeño y cerrado.

Es una antítesis en sí misma lo que está ocurriendo: se propaga a los cuatro vientos ser dueño de una identidad propia, mientras que se promociona que esta tenga lugar en los medios dispuestos para ello y que se sigan unas corrientes de comportamiento similares. Y si te sales de estas, empiezas a ser una amenaza para el rinoceronte y solo caben dos salidas: que te coma o que te lo comas tú.

Pero lo que más me asusta es ver estos comportamientos en gente cercana. Ver cómo el escepticismo es en ocasiones juzgado como algo peyorativo. Ese es el miedo, descubrir el rinoceronte que todos llevamos dentro.

PD: la puesta en escena y elementos técnicos son toda una obra de arquitectura que bien merece ser vista. ¡Enhorabuena a todo el equipo artístico!

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“Los hijos de Kennedy” crecen

Hay un teatro en Madrid llamado Alcázar pero que desde hace un tiempo, como tantos otros cosos y cosas, toma el nombre de una de esas empresas privadas que nos van a solucionar la vida.

Aparte de obras de los artífices de Muchachada Nui o Museo Coconut, el teatro también deja hueco para Los hijos de Kennedy, que además de un título atractivo, trae consigo todo un elenco de lujo: Maribel Verdú, Emma Suárez, Ariadna Gil, Fernando Cayo y Alex García.

Fuente: http://www.abc.es

Dirigida por José María Pou  y original de Robert Patrick, viene a narrar la visión de esos que se criaron en los ’60 y vivieron los ‘70, dando paso a un periodo de apertura mental y cultural que revolucionó el panorama social.

Con una puesta en escena estática, José María Pou nos ubica en una cafetería oscura, donde cada uno de los personajes, arquetipos de sí mismos, ocupan un lugar concreto en la escena y, en algún alarde ocasional, se muestran dispuestos a romper su estatismo o incluso la cuarta pared.

A través de cada uno de ellos nos metemos en la Historia de lleno, bajo prismas totalmente distintos pero interrelacionados entre sí.

Una aspirante a estrella de Hollywood en el contexto de un star system de capa caída, una soñadora con aires de Jacqueline Kennedy, los restos de una hippie desencantada envuelta en su propia espiral de alcohol, un actor que nunca salió de la nueva ola de teatros underground, avocado a ver cómo los de su quinta abandonaban el barco por uno más grande, y un lunático ex soldado de la guerra de Vietnam. Todos ellos viviendo de sus propios recuerdos, sin dialogar jamás entre sí pero interactuando tímidamente en alguna ocasión mediante alguna mirada compasiva, como los desconocidos que coinciden en un bar.

Es este uno de los puntos que más soporífera hace la obra ya que te pierdes en el propio hilo narrativo en búsqueda de uno mejor. Eso sí, el mensaje de decadencia y tristeza de unos hijos huérfanos queda bien claro. Si bien se trató de una época que comenzó con fuerza y que indiscutiblemente queda en  el recuerdo de los que la vivieron y de los que nos la han contado, la llegada de su fin queda envuelta en un halo de nostalgia que se mantiene viva gracias a la música de grandes como los Beatles, Bob Dylan o Jimmy Hendrix. Punto este, el de los efectos audiovisuales, con videos y músicas que documentan la obra,, que la dan un buen empujón hacia arriba.

Respecto a los actores no seré yo la que diga nada. Mayormente acostumbrada a verlos en cine o televisión, tenerlos bien cerca se convierte en un lujo y, cada uno de ellos en su papel, ciertamente está muy bien.

Por lo demás, pedir al Alcázar que la próxima vez suba la calefacción por dos motivos: hacer más placentera la velada y preservar la vida de todo ese público entrado en la tercera edad y que hay que cuidar, a no ser que se trate de una estratagema para cargárselos a todos y ahorrar en pensiones, que tal y como están las cosas…

“Los hijos de Kennedy” crecen